lunes, 2 de mayo de 2011

PANES Y PECES.

Desde mi llegada a España he conocido a mucha gente y he convivido con muchos de ellos. He estado trabajando durante bastante tiempo con gente de todas las nacionalidades. Y por ende he llegado a entablar amistad con algunos de ellos, lo cual me ha metido en más de un apuro. La siguiente anécdota tiene que ver con algo que me sucedió con un colega de trabajo.

Estaba una mañana de domingo en casa haciendo tiempo porque había quedado con Lara. Y de repente suena el teléfono y es un colega de trabajo Rumano, llamado Cosmin. Me pregunta si me gusta el pescado con voz apresurada y sin darme los buenos días. A lo que yo respondo con "duda" que sí. Con duda, por no tener idea que le motivaba a preguntarme eso. Me pide que me acerque a una calle que está cerca de mi casa y yo me dispongo a ir.

Al llegar al lugar citado me cuenta que se había ido a pescar, que había tenido muy buena suerte y tenía unas piezas increíbles y por algún gesto de buena voluntad que tuve con el en el trabajo unos días antes. Se sentía agradecido y de cierta manera quiso corresponderme regalándome un pescado. Yo no sabía como decirle que no, teniendo en cuenta que estaba en plena reforma y no tenía cocina, por lo que me era imposible cocinar el pescado así que lo acepté. Y mientras caminaba rumbo a mi casa con el pescado en la bolsa y pensando que hacer con aquel bicho, siento un movimiento brusco en la bolsa que me deja atónito el pescado estaba vivo.


El pescado estaba vivo, y no iba a ser yo quien le diera fin a su vida. Así que lo metí en una cubeta con agua y como ya estaba agonizando decidí que lo mejor es que pasará sus últimos minutos de vida en el agua. Meto el pez en el agua y me dispongo a ducharme, porque había quedado con Lara y desde el baño siento un ruido en la cocina, agua chapoteando. y cuando llego a la cocina. El pescado se había recuperado, menudo marrón  Si ya en coma no quería matarlo, vivo como estaba me era imposible.


Me voy a buscar a Lara y le explico la situación, ella se ríe y me dice que lo mío es un caso. Nos dirigimos a casa y ella ve a mi nueva mascota adoptada a la fuerza. Y entonces se me ocurre la brillante idea de liberarlo, y después de darle muchas vueltas a la cabeza decidí soltarlo en el parque de los patos. Bajé con la cubeta y el pescado de casa y la metí en el maletero del coche y nos dispusimos a liberar al pez. Una travesía corta que lleno el maletero de agua y nos dejaba algunas carcajadas a las que luego se sumaron mi hermana y mi sobrino.

  
Una vez en el parque soltamos al pez ante la mirada atónita de los niños que corrían por el lugar. De cierta manera me sentía responsable por la suerte del pez así que durante 10 o 12 días estuve visitando el parque para alimentarlo, le tiraba hamburguesa o pan. Hasta una tarde que me pase por allí y después de estar horas intentando verlo no lo conseguí. No se que sucedió y no me atreví a preguntar a los que limpiaban los estanques del parque. Mi amigo Cosmin el rumano, nunca supo la verdadera historia de lo que sucedió con su pescado y de todo esto hoy solo ha quedado una anécdota, para mí, muy graciosa de recordar y alguna foto.